


Crece la producción, pero cae el empleo, más actividad, menos trabajo formal.



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La economía argentina empieza a ordenar algunas variables clave. La inflación dejó atrás el riesgo de hiperinflación de fines de 2023, la actividad muestra signos de recuperación y la pobreza bajó al 28%, un nivel similar al de 2017. Sin embargo, hay un dato que rompe el relato de mejora: el empleo formal no acompaña.

Según el último informe de IDESA, entre noviembre de 2023 y diciembre de 2025 se perdieron 200 mil empleos asalariados registrados en el sector privado, en un contexto donde el PBI creció más de 6%. A esto se suma otro dato clave: el salario real formal promedio se mantiene prácticamente sin cambios respecto al inicio del período.
En paralelo, el mercado laboral muestra un giro relevante: el empleo que más crece es el cuentapropismo informal. Es decir, menos trabajo registrado y más trabajadores por fuera del sistema.
Este escenario plantea una pregunta central: ¿cómo puede crecer la economía sin generar empleo?
La respuesta no es única. El informe identifica tres grandes comportamientos sectoriales, que ayudan a entender la fragmentación del mercado:
Sectores donde crecen el PBI y el empleo: agro, pesca, educación y comercio.
Sectores donde caen ambos: salud, servicios comunitarios, industria y construcción.
Sectores donde crece el PBI pero cae el empleo: un grupo clave donde aparecen la intermediación financiera, minería e hidrocarburos.
Este último grupo explica gran parte de la paradoja. Allí, las empresas están produciendo más, pero con menos personal y mayor eficiencia.

Detrás de esta dinámica hay dos fenómenos que conviven y que es clave diferenciar.
Por un lado, hay una reconversión empresarial positiva. La baja de la inflación y una mayor integración económica obligan a las empresas a mejorar su productividad, optimizar procesos y reducir costos. En este contexto, parte de la pérdida de empleo responde a una adaptación necesaria para competir.
Pero por otro lado, también existe una destrucción de empleo negativa, vinculada a problemas estructurales que siguen afectando a la economía argentina. El informe señala factores concretos: malos impuestos, falta de crédito, exceso de burocracia y deficiencias en infraestructura.

En estos casos, las empresas no ajustan por eficiencia, sino por falta de condiciones para crecer.
El ejemplo más claro es la construcción, uno de los sectores más golpeados. La caída de la inversión en infraestructura y la escasez de financiamiento explican que este rubro represente casi un tercio de la pérdida total de empleo formal.
Para el sector empresario, el diagnóstico es directo: la estabilización macroeconómica es necesaria, pero no suficiente. Sin una agenda más profunda de reformas, el riesgo es consolidar un modelo donde la economía crece, pero el empleo de calidad no se recupera.
Ahí aparece el verdadero desafío de esta etapa: transformar la mejora de los indicadores en más inversión, más productividad y más trabajo formal.




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