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El aumento del incumplimiento obliga a ajustar el riesgo crediticio, pero el sistema evita medidas generalizadas.
Actualidad30 de enero de 2026 Infoempresas


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La suba sostenida de la morosidad volvió a encender alertas en bancos y fintech. Desde marzo del año pasado, el incumplimiento en el pago de créditos no dejó de crecer y alcanzó niveles que no se veían desde hace más de una década, con especial impacto en las tarjetas de crédito, hoy uno de los principales recursos de las familias para llegar a fin de mes.
En este contexto, comenzaron a circular versiones sobre una quita masiva de límites crediticios. Sin embargo, las propias entidades descartan un ajuste generalizado y hablan, en cambio, de una gestión del riesgo más activa y selectiva.

Desde el sector bancario coinciden en que no hay una política uniforme de reducción de límites. Sí reconocen revisiones puntuales, especialmente en clientes que muestran señales de estrés financiero, como el pago sistemático del monto mínimo de la tarjeta.
La lógica es preventiva: detectar riesgos antes de que las deudas se vuelvan incobrables. En paralelo, se impulsan planes de regularización y refinanciación, con el objetivo de sostener a los clientes dentro del sistema formal y evitar un deterioro mayor de las carteras.
Las entidades avanzaron en varias líneas de acción. Entre ellas, el fortalecimiento de modelos de scoring, el uso de alertas automáticas de consumo, la pausa temporal de nuevos productos crediticios para clientes con atrasos y la asignación más prudente de límites iniciales a nuevos usuarios.
En lugar de expandir el crédito de manera agresiva, la estrategia apunta a otorgar líneas más acotadas y ampliarlas progresivamente a medida que se consolida el buen comportamiento de pago. El objetivo es diferenciar perfiles y no castigar de igual forma a todos los clientes.

Los datos oficiales confirman la magnitud del desafío. La morosidad del crédito al sector privado se ubicó en 5,2%, con un fuerte salto mensual, mientras que en el segmento de hogares alcanzó el 8,8%, el nivel más alto desde 2010.
La situación es aún más delicada fuera del sistema bancario tradicional. En las entidades no bancarias y fintech, la irregularidad de las carteras supera el 21%, lo que implica que más de uno de cada cinco clientes presenta atrasos. Este fenómeno explica por qué el control del riesgo se volvió una prioridad transversal.
Ante el endurecimiento de algunas condiciones bancarias, muchos deudores recurrieron al crédito fintech para cubrir obligaciones previas. Si bien estas plataformas ofrecen liquidez inmediata, lo hacen a tasas más elevadas, lo que en muchos casos agrava el problema.
El resultado es una dinámica de endeudamiento creciente, donde el crédito deja de ser una solución transitoria y se convierte en un factor de presión financiera a mediano plazo.

La mayor cautela crediticia tiene efectos directos sobre el consumo. Con límites más controlados y tasas altas, las familias restringen gastos, lo que impacta en comercios y pymes que dependen del financiamiento al consumo.
En el interior del país, donde el salario real suele mostrar mayor fragilidad y el crédito es clave para sostener ventas, este escenario se siente con más fuerza. Provincias como Chaco enfrentan un doble desafío: consumo débil y acceso al crédito cada vez más selectivo.
El sistema financiero enfrenta un equilibrio delicado: contener la morosidad sin cortar el crédito de manera abrupta. Por ahora, la estrategia apunta a segmentar, prevenir y refinanciar, evitando un ajuste general que podría profundizar la desaceleración del consumo.
Para InfoEmpresas, la señal es clara: mientras los ingresos no recuperen poder adquisitivo, el riesgo crediticio seguirá siendo un factor central. Cómo administren esta tensión bancos y fintech será clave para el consumo, las empresas y la economía real en los próximos meses.



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