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Industriales textiles sostienen que el problema no es la fabricación local, sino una combinación de impuestos, costos y tipo de cambio.
Actualidad10 de febrero de 2026 Infoempresas


⌚ Tiempo de lectura estimado: 1:45 min
La discusión sobre el precio de la ropa en Argentina volvió a ganar protagonismo tras las declaraciones del ministro de Economía, que reavivaron una pregunta recurrente: por qué vestirse en el país resulta más caro que en otras economías, incluso frente a países vecinos o europeos.
Desde el sector industrial textil, la respuesta fue inmediata. Empresarios y entidades del rubro rechazaron que el problema esté en la eficiencia productiva local y apuntaron a factores estructurales que encarecen el precio final de las prendas, más allá de dónde se fabriquen.

Uno de los puntos centrales del argumento industrial es la estructura impositiva. Según el sector, alrededor del 50% del precio de una prenda corresponde a impuestos, que se acumulan a lo largo de toda la cadena de valor.
La particularidad del textil argentino es que cuenta con una cadena integrada, que va desde la producción de algodón hasta la venta minorista. Esa integración, lejos de ser una ventaja en el contexto actual, provoca que los impuestos se apilen en cascada en cada etapa: hilado, tejido, confección, diseño, comercialización mayorista y minorista.
El resultado es un precio final recargado, aun cuando el costo de fabricación represente una porción relativamente baja del valor en góndola.
Uno de los datos que más incomodó al debate público es que el costo de fabricación no supera el 10% del precio final de una prenda. De hecho, empresarios remarcan que marcas internacionales venden el mismo producto, fabricado en países asiáticos, más caro en Argentina que en Europa o Brasil.
Esto refuerza la idea de que el problema no está en dónde se produce la ropa, sino en el entorno económico en el que se comercializa. Alquileres comerciales, logística, comisiones bancarias y costos financieros pesan más que la confección en sí misma.
Otro factor clave señalado por el sector es el tipo de cambio apreciado. Un dólar relativamente bajo abarata artificialmente las importaciones y, al mismo tiempo, encarece la producción local medida en dólares, dificultando tanto la competencia interna como las exportaciones.
Los industriales recuerdan que hace apenas unos años Argentina recibía turismo de compras desde países vecinos, porque la ropa resultaba más barata. Hoy, ese escenario se revirtió por completo, y el tipo de cambio aparece como una de las variables que explica el cambio.
El acceso al financiamiento es otro punto crítico. Las empresas textiles enfrentan tasas de interés reales elevadas, tanto para financiar producción como para sostener capital de trabajo. A esto se suman comisiones bancarias altas y plazos de cobro extensos, que obligan a trasladar costos al precio final.
En un sector intensivo en mano de obra y con márgenes ajustados, estos costos financieros terminan siendo determinantes para la rentabilidad y la supervivencia de las empresas.

El avance de plataformas internacionales de venta directa al consumidor también fue señalado como un factor distorsivo. Desde la industria advierten que muchas de estas plataformas no tributan impuestos locales ni cumplen regulaciones, lo que les permite ofrecer precios muy por debajo de los del mercado formal.
Mientras otros países avanzan en esquemas regulatorios para estas modalidades de comercio, en Argentina el crecimiento de estas importaciones digitales agrega presión sobre un sector que ya compite en condiciones desiguales.
A esto se suma el fuerte incremento de la importación de ropa usada, que en 2025 creció de manera exponencial y pasó a representar una porción significativa del total de prendas importadas.
Los industriales textiles también advierten que reducir la discusión al precio de la ropa es simplificar un problema más profundo. La caída del poder adquisitivo, el aumento de tarifas, transporte, salud y educación redujeron de manera significativa el ingreso disponible para consumo.
En ese contexto, incluso una baja de precios no garantiza una recuperación de la demanda. El sector sostiene que el consumo se derrumba porque los ingresos no alcanzan, no solo porque la ropa sea cara en términos relativos.
La cadena textil-indumentaria es una de las más relevantes en términos de empleo. Genera trabajo en todas las provincias y sostiene a cientos de miles de personas de manera directa e indirecta.
Sin embargo, los últimos datos muestran una caída sostenida del empleo privado, que llevó al sector a uno de sus niveles más bajos de los últimos años. Para los empresarios, este deterioro vuelve ilusoria la idea de que la apertura comercial, por sí sola, mejore el bienestar general sin un marco de competitividad equilibrado.

Para las empresas textiles y las pymes del sector, el escenario actual combina costos altos, demanda débil y competencia creciente. Muchas firmas se ven obligadas a achicar producción, reducir personal o reconvertir su negocio para sobrevivir.
En el interior del país, donde la industria textil tiene fuerte presencia federal, el impacto es aún más sensible. Provincias como Chaco, con tradición algodonera y textil, sienten de manera directa cualquier retroceso en esta cadena productiva.
Para InfoEmpresas, el debate sobre el precio de la ropa expone un dilema más amplio: no se trata solo de si Argentina debe competir, sino en qué condiciones lo hace. Sin revisar impuestos en cascada, costos financieros, logística y tipo de cambio, la comparación de precios queda incompleta.
El desafío será construir un esquema donde bajar precios no implique destruir empleo ni tejido productivo, y donde la competitividad no dependa solo de importar más barato, sino de ordenar las reglas que definen el costo de producir y vender en el país.



Desde febrero rige un nuevo esquema que busca mayor objetividad y previsibilidad en la determinación de incapacidades laborales.

Industriales textiles sostienen que el problema no es la fabricación local, sino una combinación de impuestos, costos y tipo de cambio.

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