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Mientras la macro muestra orden, la actividad real sigue estancada y el derrame no aparece en empresas ni hogares.
Opinión04 de febrero de 2026 Infoempresas


⌚ Tiempo de lectura estimado: 2 min
Carlos Melconian planteó un diagnóstico que incomoda tanto al oficialismo como a los relatos extremos. Según su análisis, la economía argentina no está en crisis abierta, pero tampoco en recuperación, y el principal problema es que los avances macroeconómicos no logran trasladarse a la mayoría de la actividad productiva.
La radiografía es contundente: solo el 10% de la economía puede considerarse ganadora, mientras alrededor del 50% permanece prácticamente paralizada, muy por debajo de los niveles de 2023 e incluso de 2011. El resto se mueve en una zona intermedia, sin capacidad de traccionar crecimiento ni empleo.

Melconian reconoce avances que no son menores. El Gobierno logró superávit fiscal, inició un proceso de desinflación, redujo el riesgo país y descomprimió tensiones en el frente cambiario. En términos de estabilización, el giro respecto de años anteriores es claro.
Sin embargo, el economista advierte que ordenar la macro no equivale a generar crecimiento. A diferencia de otros períodos históricos, como 1994 o 2006, hoy no se observa un combo de estabilidad con expansión que llegue de manera perceptible a empresas y trabajadores.
La economía, en palabras de Melconian, rebotó dentro de la estanflación, pero no logró quebrarla.
El foco del problema está en el corazón de la economía real. Construcción, industria y comercio, que explican una porción significativa del PBI y del empleo, siguen operando muy por debajo de sus niveles históricos.
Este estancamiento se traduce en:
Capacidad ociosa elevada
Inversión privada contenida
Menor creación de empleo
Consumo interno débil
Para las empresas, especialmente pymes, el escenario es de supervivencia y prudencia, más que de expansión.
Uno de los puntos más críticos del análisis es la distancia entre el discurso oficial y la percepción social. Frases como “lo peor ya pasó” o “la recuperación está en marcha” chocan con una realidad donde los ingresos no alcanzan y el consumo se sostiene, en muchos casos, vía endeudamiento.
Melconian sintetiza esta tensión con una frase que se volvió central en el debate económico:
“Con el superávit fiscal no se come, no se cura ni se educa”.
El mensaje no apunta a desestimar el equilibrio fiscal, sino a advertir que sin crecimiento real y mejora del ingreso, el orden macro tiene un alcance limitado en la vida cotidiana.

El economista aclara que señalar los límites actuales no implica nostalgia por el modelo anterior. Reconoce que “lo previo no iba más”, pero insiste en que el nuevo esquema todavía no muestra un horizonte claro de expansión.
Entre los pendientes enumera:
Consolidar un régimen cambiario creíble
Garantizar la sustentabilidad fiscal en el tiempo
Avanzar con reformas estructurales reales
Reducir la estanflación, no solo administrarla
Sin estos pasos, el riesgo es quedar atrapados en un equilibrio frágil, con inflación más baja pero actividad estancada.
La falta de dinamismo productivo tiene consecuencias directas. Cuando solo una fracción de la economía crece, el empleo formal se resiente y la clase media pierde capacidad de sostén.
Para empresas y comercios, el escenario es claro: menos volumen, más competencia por precios y márgenes ajustados. Para los trabajadores, salarios que corren detrás de los precios y menor estabilidad laboral.
La recuperación parcial genera ganadores puntuales —vinculados a sectores financieros, exportadores o regulados—, pero deja afuera a gran parte del entramado productivo.
En el interior del país, la situación suele ser más visible. Economías con menor diversificación productiva dependen fuertemente de construcción, comercio e industria local. Cuando esos sectores no reaccionan, la parálisis se siente con más fuerza.
En provincias como Chaco, el diagnóstico de “economía partida” se traduce en ventas débiles, empleo contenido y menor inversión, aun cuando algunos indicadores macro muestren mejoras.

Melconian advierte sobre el llamado “síndrome del tercer año”, una etapa donde los gobiernos suelen enfrentar el desgaste político sin haber consolidado resultados económicos palpables. Con un año electoral en el horizonte, la definición del rumbo se vuelve clave.
La pregunta de fondo no es solo si la inflación seguirá bajando, sino cuándo y cómo la estabilidad llegará a la economía real.
Para InfoEmpresas, el diagnóstico deja una señal clara. La estabilización es condición necesaria, pero no suficiente. Sin actividad, empleo e ingresos en alza, el orden macro corre el riesgo de convertirse en un logro técnico desconectado de la realidad empresarial y social.
El desafío central será transformar el equilibrio fiscal y la desinflación en crecimiento genuino, capaz de sacar a la mayoría de la economía del estancamiento y devolver previsibilidad a empresas, pymes y comercios del interior.



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