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La caída del consumo interno obliga a bodegas y productores a ajustar precios, formatos y estrategias para sostener volumen.
Actualidad03 de febrero de 2026 Infoempresas


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El consumo de vino en Argentina cerró 2025 en su nivel más bajo desde que existen registros. Según datos oficiales del sector, el consumo per cápita anual cayó a 15,77 litros por persona, perforando por primera vez el umbral de los 16 litros y confirmando una tendencia descendente que no logró revertirse ni siquiera con el repunte de diciembre.
El dato refleja un cambio profundo en los hábitos de consumo y se inscribe en un contexto de ingresos reales ajustados, competencia con otras bebidas y una transformación cultural que impacta de lleno en una de las industrias emblemáticas del país.

Durante diciembre, el consumo interno mostró una suba interanual cercana al 9%, impulsada principalmente por vinos sin mención varietal y, en menor medida, por varietales y espumosos. Sin embargo, ese repunte fue insuficiente para compensar la caída acumulada del año, que terminó con una baja total del 2,7% respecto de 2024.
En términos absolutos, el mercado interno totalizó 7,46 millones de hectolitros, confirmando que el problema no es coyuntural sino estructural.
El comportamiento por categoría muestra señales mixtas. Los vinos varietales fueron la excepción, con un crecimiento anual del 3,4%, mientras que los vinos sin mención varietal retrocedieron más del 5%. Por color, los vinos blancos mostraron una caída más pronunciada, mientras que los vinos tintos lograron sostenerse con una baja marginal.
Estos datos sugieren una segmentación creciente del consumo, donde los productos con mayor valor agregado resisten mejor que los de volumen.

A diferencia de otros países productores, el mercado interno argentino sigue siendo clave para la vitivinicultura. Más del 70% de la actividad depende del consumo local, lo que amplifica el impacto de cualquier retracción en la demanda doméstica.
Para sostener presencia en góndola, muchas bodegas optaron por ajustar márgenes, precios y presentaciones, incluso resignando rentabilidad. Esta estrategia permitió amortiguar la caída en el corto plazo, pero empieza a mostrar límites financieros.
El deterioro del consumo se combina con problemas estructurales. La falta de crédito accesible, los altos costos logísticos y la presión impositiva reducen la competitividad del sector, especialmente para productores medianos y pequeños.
En este escenario, sostener volumen sin respaldo financiero se vuelve cada vez más complejo y traslada la presión a toda la cadena, desde el viñedo hasta la comercialización.
El retroceso del consumo afecta de manera directa a las economías regionales vitivinícolas. En el interior, donde la actividad tiene fuerte peso en el empleo y la producción local, la caída obliga a redefinir planes de inversión y empleo.
Aunque Chaco no es una provincia productora, el fenómeno impacta en comercios, distribuidores y en la cadena de bebidas, reflejando cómo la contracción del consumo masivo se replica en distintos sectores.

Para InfoEmpresas, el piso histórico del consumo de vino no es solo un dato sectorial, sino una señal del cambio en el consumo argentino. La recuperación dependerá de la mejora del poder adquisitivo, del acceso al crédito y de la capacidad del sector para adaptarse a nuevas preferencias.
La vitivinicultura argentina conserva calidad, conocimiento y potencial exportador. El desafío será atravesar la transición sin perder escala ni tejido productivo, mientras redefine su vínculo con un consumidor cada vez más selectivo.



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