


Rigolleau achica producción, importa desde China y enciende una alarma industrial



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La crisis industrial sumó un nuevo caso de peso. Rigolleau, una de las empresas más emblemáticas del sector vidriero argentino, decidió reducir producción local, paralizar uno de sus hornos y comenzar a importar vajilla desde China para abastecer parte del mercado interno. El movimiento no sólo revela un cambio de estrategia empresaria: también vuelve a poner sobre la mesa el debate por la competitividad industrial, el consumo y el costo de producir en el país.

La firma, radicada en Berazategui y con una larga trayectoria en la producción de botellas, frascos y envases para distintas industrias, cerró 2025 con pérdidas por $5.500 millones. En ese contexto, pasó a operar al 60% de su capacidad instalada y redujo su plantel en alrededor de 100 puestos de trabajo, quedando con unos 700 empleados en planta.
El dato más fuerte no pasa sólo por los números, sino por lo que representa. Cuando una empresa con más de un siglo de historia decide que parte de su línea de hogar será más viable con importaciones chinas que con fabricación nacional, el mensaje es claro: el modelo tradicional ya no alcanza. La propia compañía admitió que la menor actividad, la ociosidad productiva y la caída de ventas afectaron de lleno los costos y la rentabilidad operativa.
En paralelo, Rigolleau mantiene activas sus unidades ligadas a los sectores farmacéutico y alimentario, donde la demanda muestra un comportamiento más estable. Pero el negocio de vajilla y consumo hogareño quedó bajo fuerte presión. Según se detalla, incluso sumando flete y embalaje, el producto importado resulta más barato que el elaborado localmente.

El caso abre varias lecturas para el mundo empresario. Por un lado, expone cómo el bajo consumo interno sigue golpeando a industrias con fuerte dependencia del mercado doméstico. Por otro, muestra que la discusión ya no pasa únicamente por vender más, sino por sostener una estructura competitiva frente a productos externos con menores costos. En provincias como Chaco, donde el entramado pyme y fabril también enfrenta desafíos de escala, costos y demanda, la señal no pasa inadvertida.
Además, el deterioro no es nuevo. La compañía ya había informado pérdidas por más de $2.599 millones en 2024, y en 2025 ese resultado negativo prácticamente se duplicó. A eso se suma una baja sostenida en producción y despachos frente a años anteriores, una tendencia que confirma que no se trata de un tropiezo aislado, sino de un proceso más profundo.

Más allá del caso puntual, la decisión de Rigolleau vuelve a instalar una pregunta incómoda para la agenda productiva argentina: ¿cuánto margen real tiene la industria nacional para competir, invertir y sostener empleo en este escenario? Cuando una firma líder cambia producción por importación, la noticia ya no habla sólo de una empresa. Habla, en realidad, del momento que atraviesa todo un modelo.




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