


Una marca Saenzpeñense que llegó al Papa



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Un comienzo entre lágrimas y cacao
Todo comenzó en medio de la pandemia, cuando la incertidumbre y el aislamiento golpeaban fuerte. Nori, entonces preceptora en un colegio de Sáenz Peña, atravesaba un momento de angustia profunda tras enfermarse de COVID junto a su esposo Roberto.
“El médico me pidió que hiciera algo por mí, porque me estaba dejando estar”, recuerda. Un día, decidió que haría alfajores de chocolate, no de maicena como los de siempre, sino de esos que se derriten en la boca. Así, entre la cocina familiar y un poco de intuición, nació el primer alfajor de La Tana.
Lo que empezó como una receta casera se transformó en un impulso vital. “En toda crisis hay una oportunidad, y esto lo demuestra”, dice Roberto, quien pasó de ser jefe de preceptores a encargado de logística, compras y organización.
El origen del nombre y el alma familiar
El nombre no fue casual. “La Tana” fue una idea familiar, inspirada en las raíces italianas de Nori, en honor a sus padres y abuelos. Esa herencia, mezclada con afecto y trabajo, se convirtió en una marca fácil de recordar y llena de historia.
Desde entonces, el emprendimiento se volvió una empresa familiar. Sus hijos —dos en Resistencia y uno en Mendoza— participan activamente en el negocio, aportando ideas y acompañamiento a la distancia. “Somos jóvenes viejos, porque tenemos toda la voluntad, pero también aprendimos a buscar equilibrio”, bromea Roberto.
La reinversión constante
Con perseverancia, el matrimonio logró lo que parecía imposible: pasar de una cocina a una producción que hoy supera los 25.000 alfajores diarios. Todo lo hicieron sin capital inicial, reinvirtiendo cada peso ganado.
El salto llegó con la compra de maquinaria profesional y la mejora del packaging, cuidando cada detalle del producto. “El respeto al consumidor empieza en cómo presentás lo que hacés”, afirma Roberto.
La Tana se transformó en un ejemplo chaqueño de cómo la dedicación y la fe pueden convertir una adversidad en un proyecto sustentable, con identidad local y proyección internacional.

El alfajor chaqueño que cruzó fronteras
El orgullo mayor llegó cuando una caja de alfajores viajó directo al Vaticano. “Lloré cuando supe que el Papa Francisco los había recibido”, confiesa Nori. No fue una vez, sino dos, y hasta recibió un video del Pontífice diciendo entre risas: “Lo que más me gusta, y no me hace mal”.
Hoy, La Tana está habilitada para exportar, participa en la Red de Proveedores Locales del Chaco y ya proyecta su planta propia en el Parque Industrial de Sáenz Peña, con el sueño de crecer sin perder la esencia artesanal que la define.

Fe, familia y propósito
Cuando se les pregunta en qué se inspiran, ambos coinciden sin dudar: “Nuestra inspiración es Dios. La fe y el respeto son nuestra guía”.
Con esa convicción, buscan transmitir que hacer las cosas bien trae su propio vuelto, y que desde el Chaco se pueden construir marcas con proyección nacional y global.
Nori lo resume con sencillez: “Querés algo, dalo como te gustaría recibirlo”.
Y así, entre fe, harina y chocolate, La Tana sigue escribiendo una historia que demuestra que los sueños, cuando se trabajan, también se pueden saborear.




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